Envidia
Señor, me reconozco envidioso.
Tengo una predisposición emocional contra una persona.
Me cuesta reconocer sus méritos.
Siento malestar cuando hace bien las cosas.
Quisiera que fracasara.
Me irritan ciertas conductas suyas.
Busco inmediatamente sus defectos.
Creo muchas veces que sus intenciones no son benévolas.
Siento que es una especie de oponente constante.
Comparo mis logros con los suyos.
Veo su éxito como si fuera una especie de farsa.
Minimizo sus logros.
Siento que hablo de ella con una intensidad
desproporcionada.
Me descubro comparándome repetidamente con esa persona.
Me cuesta alegrarme espontáneamente de sus éxitos.
Siento cierta sensación de alivio cuando comete un error.
Me siento habitualmente inferior ante ella sin razones
reales.
Me descubro murmurando de esa persona.
Señor, me reconozco envidioso.
Señor, sé que las emociones no desaparecen mediante el
voluntarismo de órdenes morales.
Señor, quisiera ser más consciente de las punzadas de mi
envidia que me arrastran.
Señor, quisiera superar la tentación de hacer una teoría
cómo es esa persona.
Señor, quisiera ser capaz de nombrar mis necesidades reales
y profundas cuando tengo envidia.
Señor, quisiera dar el salto y preguntarme qué puedo
aprender de esa persona.
Señor, quisiera reconocer con realismo los bienes y dones
que poseo.
Señor, quisiera poder celebrar con autenticidad el bien
ajeno
y decir de corazón que me alegro de verdad por ella.
Señor, me reconozco envidioso.
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