Señor Jesús, levántanos
de la culpa desabrida que nos
paraliza,
de la áspera desesperanza que a
veces nos hunde,
del cansancio de la espera a veces
sin esperanza,
de la ceguera ante los retos de la
vida,
de la extenuación ante tanta y
tanta insensatez nuestra y de los demás,
del desgaste emocional de creernos
imprescindibles,
de la hosquedad de la dureza de
corazón,
de la dureza de la incomunicación,
de las absurdas fobias que
cultivamos,
del fracaso de nuestras ideas,
de las heridas malvadas de la
vida,
de la hostilidad ruidosa que nos
aturde,
de la ignorancia que nos lleva a
la soberbia,
de la insensibilidad cotidiana en
donde vivimos,
de los juicios sin piedad,
de la ansiedad pegajosa que nos
desvela,
de la pesadez de nuestros límites
demasiado humanos,
de la pesadumbre del desánimo,
del sinsentido de tanta palabrería
barata,
de la arisca mirada de la envidia,
de la mentira que nos golpea,
de las miradas de superioridad,
de nuestras miserias tan humanas,
del agotamiento de nuestro
voluntarismo,
del hastío de nuestras
mediocridades,
del hastío de nuestras necedades,
de la agria soledad de fondo,
del miedo al miedo de la soledad
última,
de la estupidez de creernos mucho
mejores de lo que somos
del aturdimiento frente a los
retos y urgencias de los que nos rodean,
de la tentación de rendirnos por
nuestra falta de fe.
del tedio de tanta palabra vacía
dentro de la Iglesia,
del desánimo de no ser capaces de
dar mejor testimonio,
del peso de la incertidumbre,
de los cascotes de la ruina
cultural que nos circunda,
de los escombros de la violencia.
Señor Jesús, levántanos.
Señor Jesús, desátanos.
Señor Jesús, sálvanos
incluso de nosotros mismos.
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